sábado, 16 de enero de 2010

De dos caminos

Las palabras discurrían en un eterno meandro. El temor a la desembocadura, pero la desembocadura es el mar y eso sólo ya basta.

Era un paisaje gris, sabor metal. Huesos que resuenan sobre el suelo de relatos de Bécquer, arpas que permanecen mudas... Quizá aquello fuese la muerte, o el olvido, o la no-existencia por lo que nunca dejaría de vivir o de ser recordado. La nada, quizá. No era frío lo que atenazaba los músculos y entristecía el alma, era melancolía injustificada, la nostalgia de un pasado que nunca había vivido y que por ello nunca deseara, bueno, a menos que no me conozca... Alma... sólo su susurro ya servía para destruirme... demasiadas filosofías y religiones, demasiadas versiones de una misma verdad que parecía no existir.

Todo comenzaba por ser un final… Era raro, quizá, pensar que de nuevo estábamos en el mismo lugar. Una cafetería, a dos calles de la playa… Mismo sabor salino, misma sonrisa, un poco envejecida como habiendo dicho ya demasiadas palabras y dado demasiados besos… Qué recuerdos, cuánto tiempo. Dos besos en las mejillas, un siéntate y tómate algo conmigo, un qué tal estás. Allí la encontré de nuevo…

En un rincón permanecían las cartas de amor que nunca llegaran a destino alguno, palabras que no supieron quien era el destinatario y que por ello desaparecieron como vestigios de un amor literalmente imposible. No lejos se hallaban los cuadros de artistas cuyas manos carecían del arte suficiente para plasmar el infinito clamor de sus obras. En ese paisaje sobresalían las arquitecturas imposibles que sólo existieron en la mente del artista, arquitecturas cuya única realidad era el boceto primario sobre un periódico. Esculturas dinámicas que se movían como autómatas de un eterno querer y no poder lanzar el disco...

Historias, quimeras, llamas y hielos de hombre, toda una lucha de opuestos que nunca quisieron serlos. Juego de niños entre titanes y dioses olímpicos. No sabía dónde estaba, mi intangible cuerpo sentía frío, humedad, un fuerte olor a tierra. Yo estaba lejos. Poeta y Soñador sentía la brisa despeinarlo, sentado en la metálica silla, saboreando un café demasiado caliente, una mirada que caía como lluvia.

Estaba guapa como nunca, como siempre. Nunca había entendido las ondas de su cabello, olas en un mar de espuma que no pretendían ser agua ni aire. Sabía, al menos imaginaba, que debía saber a tierra, a fuego. Me derretía pensar en ella: metáfora fácil, real, directa, caliente y ardiente como su cuerpo. Cómo decir que en sueños pinté tu cuerpo con la sangre que de tensión pretendía matarme y, sabiendo quién eras, tu ausencia me derrumbaba, a la mañana, sin siquiera preguntar a la noche qué vio, qué no quiso ver.

Una conversación fluida, con la melancolía típica de los desconocidos por el paso del tiempo. Cómo decir que desde entonces mil veces deseé encontrarte, cómo decir que he soñado mi cuerpo entre tus muslos, empujando, escalando, deseando llegar a un límite, el que fuese: el cansancio, el desmayarme en una atmósfera de fuerte olor a sudor y gritos.

Quizá la conversación no terminara nunca. Intento imaginar que no hay nada, que no siento nada por ella, pero intentarlo es como describir un beso sabiendo de antemano que el lenguaje es demasiado imperfecto para conseguirlo y, pese a ello, intentarlo. Intentarlo y morir de amor, intentarlo y agotar el alma como musa caprichosa que juega con su inexistencia a torturar al escritor. No podía más que pensar en tu sonrisa triste. Añoro esas risas, esas palabras despreocupadas. Me rondaba una pregunta ¿Cuándo murió Poeta y Soñador?

Mi cuerpo llamaba desde lo oscuro. Allí se hallaba, tratando de descubrir qué era aquello, por qué había deseado ir, por qué no podría volver, por qué todo me sabía a intenso desaliento, qué era aquel sabor que aún persistía en mis labios como una antigua ruina griega cuyos cimientos son la única luz sobre la tierra que aún persiste de su estremecedora escultórica y poesía. Todo eran preguntas en un mundo lleno de respuestas cada cual más ilógica.

Caminé por entre desechos humanos, frutos olvidados de guerras que para deshonra del hombre fue mejor dejar atrás. Un camino de eternas reflexiones.

Me interné entre bosques de libros que, semiocultos en su propia pasividad, se susurraban entre ellos palabras que ya habían sido dichas, hace tiempo, cuando alguien creyó ver entre versos y prosas algo de arte. Sobre una de las columnas de libros descansaba un panfleto publicitario en el que se regalaba la felicidad comprando no sé qué producto: vida fácil, sueño fácil. Quizá alguien lo creyera y aún permanezca en su casa ese objeto, o lo que fuese, abandonado y desgastado junto a su perpetua promesa de felicidad. Una ingenuidad terriblemente atrayente pero, a fin de cuentas, una ingenuidad...

El susurro de libros colaboraba junto con la brisa de nostalgia a crear un espacio atemporal y absurdo que me hablaba del dinámico azul, del Medievo, de sueños de princesas que no necesitan ayudas de ningún príncipe, que el dragón es su amante y no quiere saber nada de ranas... Todo remitía al Mediterráneo: ese perfume que sólo a esa tierra de sol ardiente, con su amenaza desértica y su edén añorado le pertenece. Todo se convertía en sueños y recuerdos adolescentes en la línea desdibujada del océano disfrutando de los rizos marinos del Titán.

Entre ese mar de objetos olvidados, muertos e inexistentes pude encontrar aquella parte de mí mismo que perdí hace tiempo, esa parte que con las prisas de este mundo mecánico y frágil quizá me dejase olvidada en algún sitio, esa parte que tal vez se la llevó el viento y ve tú a saber como pudo llegar a este lugar de incompresible verdad. Quizá fuese la inocencia ignorante del niño ajeno a la responsabilidad, o la musa de palabra mudas que nunca supe si existía y que quizá siempre haya estado a mi lado y no supe verla. Las cosas cercanas siempre permanecen tras el telón de un teatro deseando el primer aplauso que valore su poesía.

Pero sé que perdí un beso. Sé que perdí la poesía, que la arriesgué jugando al filo, que la subasté, la cansé y me olvidó. Sé que perdí muchas cosas, quizá me perdí y no supe volver. Quizá los sueños nos llevan lejos y no vemos el camino y no sabemos qué andar. Pero ante todo perdí tu beso. Me contenté con el recuerdo, con la fantasía.

Todo me recordaba a un pasado lejano ahora, ahora que lo veía desde tan lejos. Es la infancia del poeta contar los granos de una playa de sol y polvo de estrellas, y es su muerte añorarlo desde la distancia temporal. Había deseado conocerlo todo: la curiosidad está mal pagada, la ignorancia es demasiado débil, los sueños se pagan caros…

Hastiado, lleno de rabia, quemé todos los libros de mi sangre coagulada, rodeado del fuego luz de poéticos retazos de sueños. No buscaba la redención recorriendo el limbo desde el infierno por el purgatorio a la salvación, nunca leí a Dante, nunca me guió ningún Virgilio hacia un destino digno y celestial. Quemaba los libros de mi propio no-lugar donde no existía otro objetivo que el de encontrar algo que en el fondo de mi alma quizá supiese qué era. Negras y blancas cenizas se levantaron y gritaron miles de epitafios, en miles de lenguas nunca habladas, extintas, mudas y crueles, en miles de voces que sólo existieron en los indemnes pastos de Morfeo. Era una realidad estéril quizá adaptada a la propia locura de poeta que como hombre lobo llora a la luna llena.

Mirar atrás era no encontrar esas calles que viviese desde una ventana, iluminando mis ojos de fragancia anaranjada de farolas. El romanticismo de la calle desde mi soledad, escuchar el suspiro incesante y casi onírico de un Titán casi olvidado: la distancia, el tiempo... El amor prohibido.

Proseguí mi camino comprendiendo que aquello no era más que algo que ya había vivido, o quizá lo fuese todo, todo lo ya vivido. No pude más que sentirme abrumado y murmurar qué extraño era todo. Me recordaba a una noche en la que la luna no existe y la inspiración muere para retornar a nacer de sus cenizas. Que la luna es blanca y dulce y fiel y no quema, pero su voz es lejana y el ruido de los motores y los gritos no dejan escucharla siempre que se la desea... Las cenizas aúllan demasiado alto.

La playa quemaba bajo mis pies. Decidimos dar una vuelta, caminar pasos ya dados, recordar… Nos llevarían lejos los granos de arena, nos sepultarían, moriríamos, fosilizaríamos y nos perpetuaríamos en fantasías y naderías, delirios que invento sobre la marcha. Bañarnos en el grito de las sirenas que gráciles jugueteaban a la existencia.

Pero en ese mundo en el que me encontraba no había ruido, sólo un crudo silencio y, ahora que no existían libros como recuerdo de una apoteosis poética que nunca había llegado a sentir, ni siquiera su sabor a sal imaginado me acercaban a una costa próxima y lejana al mismo tiempo. Incluso en ese mundo en el que me encontraba era difícil creer en Amor aún cuando su caricia se siente pura y es suave, incluso cuando parece no mentir. Es muy fácil decir que uno no cree en las hadas incluso arriesgándose a que sí las haya y reducir con la voz tosca una de ellas a una flor marchita...

Llegamos al final de la playa. Se hacía de noche pero no importaba. Ella brillaba más que los reflejos de la luna sobre el mar. Ella era el Mar. Lo era todo. Siquiera hizo falta decir nada. Se sentaron sobre la arena, queriendo morir en la eternidad, convertirse en conchas que nadie encontrara y que permanecieran allí siempre. Pero ya no había conchas en la playa, hacía tiempo que no quedaba ninguna. La noche transcurría lenta, suave. Decir que no hizo frío, que la brisa fue fiel, que no me entrelacé en su cuerpo más que con sus manos, rodeados de la oscuridad de la luz de su cuerpo. Sin más, sin mirarnos ni siquiera a los ojos: ellos no nos dirían nada que quisiésemos saber. Apoyada en un costado. Toda la noche sin dormir, mirando el incierto infinito, el horizonte marino confundido con la cúpula azur, contraste con la certeza de que llegaría el sol. Y que no me despertaría y olvidaría preguntar tu nombre, que ya lo conozco y me encanta pero sabiendo que esa noche no existía. Que te echaría de menos de nuevo, porque habíamos estado en esa playa, una playa que no existía. Que tomamos un helado en la cafetería y ésta no existía. Que te amaba y no existíamos.

Así, pues, continué caminado en soledad hasta que finalmente llegué ante una mesa alrededor de la cual había unas sillas. Me senté junto a mí mismo y comenzamos a charlar. Fue una discusión entretenida y fugaz de esas que da gusto tener pues son valiosas en tanto que efímeras. Mi yo se levantó, me entregó un sobre cerrado y se fue como quien da mala nuevas y teme caer enfermo de las lágrimas. Era un sobre negro, aterciopelado, serio, sobrio. Ya sabía que dentro encontraría una carta de letras blancas sobre papel carbón. Ya sabía que además encontraría pétalos marchitos que rápidamente tiraría al fuego ahora que se había materializado apacible, en paz, latente, con chispeante crepitar. Ya lo sabía porque yo mismo lo había escrito, hacía tiempo, en un juego de prosa poética que pretendía hacer pasar por correspondencia de muerte. Abrí el sobre y para mi alivio y desesperanza me encontré un papel amarillento.

De la mano, nuestros pasos recorrieron de nuevo la playa, dirección el olvido, la nada. De nuevo dos besos en las mejillas, lágrimas disimuladas por los dos, un hasta pronto que en realidad era un hasta nunca.

Leí la carta que me había escrito a mí mismo. Mi final literario antes de la posteridad.

“Arañando las últimas letras con sus ojos, deseando extraer de ellas su esencia, intentándolo todo, todo, todo... Había deseado morir, quizá por llegar conocer a qué sabe el veneno, cómo recorre su fuego el interior y todo se vuelve oscuro... Por estar realmente donde había estado desde aquel adiós a orillas del mar.
Fin.”

Me había suicidado, qué simple, qué curioso. Supongo que mis manos aún arrugarán con su fuerza pétrea y atenazada aquel panfleto publicitario. ¡Qué vida! ¡Qué muerte! ¡Cuánta quimera!

Nunca le di un beso, siquiera un beso…