domingo, 20 de noviembre de 2011

EL ALMA DE LAS PIEDRAS


Dedicado a Andreu por sus preguntas.

-Los hombres mueren porque tienen alma. Las rocas no mueren.
-Conviérteme en roca, pues.
-No, aún mejor.
***
Las osadas ventanas de mi alma resplandecían empañadas, translúcidas, casi taciturnas. Una de ellas lloraba lágrimas condensadas de un calor demasiado intenso en el exterior. Sin poder alcanzarlas mi dedo dibujaba su recorrido desde este lado. Sinuosa y triste descendía por la improvisada mejilla de frío casi metálico.
A mi espalda, desprotegida y confiada, una mano alzada sujetaba, como si de Zeus se tratase, un puñal que parecía poseer luz propia. En el hogar tan solo crepitaban los latidos de un perro muerto junto al fuego apagado de ascuas tenebrosas y cenizas. Baída la bóveda apenas se iluminaba como un cielo moteado en el que imaginar dioses y fantasmas.
-Llegas tarde.
-No suelo hacerlo.
La mano descendió rápidamente atravesando mi cuerpo y quedando clavado el puñal en mi espalda. El fuerte golpe destrozó el brillante vidrio que, convertido en arena, se dejaría llevar con vida propia por el viento. Ambos miramos con tristeza el hueco de la ventana que dejaba entrar ahora un desapacible frío otoñal acompañado de hojas amarillentas y la promesa de terminar en helada.
Nos saludamos con la mirada propia de unos desconocidos por el paso del tiempo. Me interné en la casa a por unas copas mientras ella se acercaba casi como si se deslizase hacia la mesa.
-Siempre traigo vino –Dijo mientras descorchaba con sutil pericia una botella de color
sanguíneo que rápidamente invadió de aroma la desnaturalizada atmósfera de la habitación.
-Te he dicho que llegas tarde. –Insistí.
-Y te contesté ya.
Sirvió dos copas. Tinto, fuerte. La fiereza del alcohol contaminaba la estancia, tomando un matiz inconsciente que hacía tambalear peligrosamente sus muros de papel mojado de vino. Me levanté como pude luchando contra los temblores del suelo y sujeté la primera pared a la que logré llegar. Ella parecía divertida ante mi alarma. En silencio y con una sonrisa en los labios volvió a llenar mi copa y acercármela.
-Toma otra. Te sentará bien.
No podía soltar la pared, si lo hacía sepultaría nuestros cuerpos.
-¿Me dejarás rezar?
-No, no lo haré –contestó implacable- Toma.
No podía soltar las paredes. No podía.
-Toma.
Ella me miraba casi con fiereza.
Solté como pude el tembloroso tabique y guiado por ella regresamos a la mesa.
Los árboles se mecían apesadumbrados bajo la fuerza del viento. La antorcha se distinguía claramente en esa enrarecida oscuridad. El edificio comenzaba a respirar, se dilataba haciendo resquebrajar su esqueleto bajo la fiereza de los rayos del sol que despuntaban en un horizonte desconocido y lejano.
-Sale el sol. –Suspiré como pude.
-¿Eso crees?
Nos levantamos y fuimos escaleras abajo. Sus pasos golpeaban sobre el terrazo de los Peldaños y los hacía sonar como si estos fuesen de madera hueca. El zaguán era ahora largo como una noche de insomnio, difícil de vivir, imposible de engañar. La puerta se deslizó a su paso sobre las bisagras empujadas por un aliento invisible. Su silueta de mujer era terriblemente atrayente, como el fantasma de una mujer desnuda que seduce en tanto que mujer y hechiza con su misterio en tanto que espectro.
Anochecía.
-¿Recuerdas nuestro trato? –preguntó firmemente mientras caminábamos uno al lado del otro.
Asentí con la cabeza.
Los arboles nos seguían mientras tratábamos de atravesar aquel bosque. La sala, llena de libros, se nos mostraba eterna. Cuando por fin terminamos de caminar nos encontrábamos en una pequeña sala hipóstila en la que desde el centro era imposible ver el exterior. El aislamiento era total. Aquella frialdad de columnas bien podría pertenecer a otro mundo y, sin embargo, algo hizo que me percatara de que aquello era…
-… El principio… -musité.
-Veo que te es familiar este sitio –sonrió.
Volvimos a sentarnos uno frente al otro.
-¿Vino? – ofreció mientras ya llenaba dos copas que se habían materializado. Tomé la que me aproximaba y dubitativo di un trago. –Tranquilo, no temblarán estas columnas.
El silencio se extendía entre nosotros. Hacía demasiado tiempo que no nos veíamos.
-¿Siempre escribes en sueños? – preguntó.
-Sí, supongo que sí. Escribo cuando debería estar soñando por lo que se podría decir que escribo en sueños.
-¿Estás escribiendo ahora?
-No lo sé, contéstame tú. ¿Estoy soñando?
Comenzó a reír fríamente. Sus ojos adquirieron un tono aún más azulado, casi cristalino. El mar batía en su retina. La espuma se alzaba victoriosa del choque de las olas que hacían gritar a los átomos del agua su deseo de volatilizarse. Los buques naufragaban inmisericordemente como destinados a nacer para inevitablemente perecer de aquel modo. Me ahogaba mientras sentía que el salitre quemaba mi garganta.
-¿Por qué hoy?- pregunté con disimulada curiosidad.
-Ya he cumplido mi parte del trato y veo que tú también. Tan sólo quería preguntar si valió la pena… pero por el estado en que te encontré…
La miré fríamente y me respondió del mismo modo. Sabía que era una victoria que me era negada por lo que finalmente cerré los ojos y agaché la cabeza. En esas horas de la noche el orgullo cabalga pronto pero se agota demasiado rápido.
-Sin distinguir el día de la noche… Espero que al menos a ti sí te sirviera…
Por un momento me pareció ver brillar una lágrima que se deslizaba por su mejilla. No pude dejar de imaginar que aquel elixir que se perdía en la evaporación era sangre trasparente. Durante un instante la laceración de un dolor sangrante pudo hacerse patente en sus rasgos pétreos y se derramaba como una copa de vino en una mano temblorosa…
-Sí. Me diste algo muy valioso, no podía desaprovecharlo. En cambio a ti… - aquel deje despectivo me golpeó -No podía negarme hacerte aquel trato. Mentiría si digo que lo siento.
-¿Qué hiciste con ella?
-Te he dicho que aprovecharla. ¿Crees que en ti habría servido de algo más?
No supe que contestar. Tampoco sabía bien qué preguntar, pese a que había miles de dudas a las que hacer frente. Poco a poco la sala parecía haber perdido altura como si se hubiese encogido e invitase a una conversación íntima.
-¿Vivió mi vida? –aventuré.
-¿Cómo?- preguntó casi sobresaltada.
-Preguntaba si vivió él mi vida.
Al parecer mis suposiciones habían sido ciertas. Se levantó y comenzó a pasear entre las columnas como si jugase entre los árboles de un bosque en primavera. No pude seguirla con la mirada y quedé como abandonado sentado junto a mi copa de vino.
Quizá una hora después apareció mucho más serena.
-Él no vivió tu vida tan sólo vivió con tu alma.
-¿Por qué la necesitaba?
-El hombre nace y muere. Él se moría…
Asentí levemente.
-¿Y ahora?
No podía negarme preguntar ahora que al fin comenzaba a saber la causa de aquel trato.
Ella sonrió levemente, con tristeza y la mirada perdida en pensamientos melancólicos.
Una mirada demasiado anciana, propia de alguien que ha vivido eternidades de sufrimiento.
-Ha envejecido… y finalmente… -y comenzó a llorar desconsoladamente. Sus lágrimas caían sobre el vino haciendo nacer ondas que palpitaban en la copa. Recordaba a un corazón, al menos parecía un ser vivo.
-Sabías que eso pasaría…
Ya había descubierto porque necesitaba mi alma. Enamorada… porque estaba enamorada… Al menos había servido para algo. En cambio mi vida… Demasiados días… demasiadas noches… Ahora al menos estaba de nuevo en el comienzo
-Te envenenaste y también envenenaste al perro. Pero tú no podías morir, él sí.
-Una pena… me caía bien aquel perro.
-Sí, a mi también. –contestó tristemente.
Nos volvimos a alzar de la mesa y salimos de aquella sala. Volvimos a atravesar el bosque de libros, subimos las escaleras y llegamos a la habitación que aún, aunque imperceptiblemente, se tambaleaba ante la fiereza del alcohol.
-Has sido la única persona que ha aceptado una vida sin alma para no morir nunca.
-No es un gran honor…
-Al menos enséñame tu obra. Una eternidad dedicada a tu musa.
Fui al estudio lentamente y extraje de un pequeño archivador un cuaderno amarillento y desgajado. Regresé y se lo tendí.
La observé pasar las páginas en blanco una a una. Hasta que finalmente comenzó a reír crudamente y agitó el libro como esperando que las palabras empezaran a caer de su lecho.
-Las piedras no mueren pero tampoco escriben poesías. –contestó risueña.
-Ahora lo comprendo…
-¿Ves? Fuiste tú el que llegó tarde.
-Sí, quizá sí… Muerte ¿me dejarás rezar?
-No, no lo haré.